Damnatio Memoriae

las estrellas bailan en el cielo.
sus ojos fríos, brillantes, alumbran las caras de los vivos

en el fondo algo grita
algo grita odioso, algo que oyes como un susurro


y cuando tu cara se vuelve al firmamento


estamos observando.


Era un día soleado, aquél doce de Agosto.

Un día bonito, sin nubes que taparan el brillo del sol. Tan sólo la sombra del helicóptero y las ráfagas de arena.

Sin embargo, no era tan así para el arqueólogo Damián Garlés. A él le gustaban los días nublados, cuando la llovizna cantaba en contacto contra el suelo de la calle de la familiar metrópolis. Le gustaba cuando podía quedarse en su casa, sin hacer mayor movimiento que inclinar la cabeza para mirar la ventana o la televisión. Sin levantarse para otra cosa que para ir a un Pizza Hut, y traer una pizza caliente de vuelta.

Pedazo de arqueólogo.

La obligación del trabajo lo forzó a viajar a un desierto en el medio de la nada, en algún lugar de África, Egipto. Alguien había encontrado unas ruinas - vaya novedad - y cuando el teléfono sonó, Damián respondió. En esta ocasión, era un templo piramidal, como tantos otros egipcios. Sin embargo, había algo extraño acerca de él. Mirándolo desde una foto aérea, directamente desde arriba, no pudo precisar exactamente qué.

Por suerte, o por desgracia más bien, estaba a unos metros de la pirámide. Era algo pequeña, para cualquiera que había visto la famosa pirámide de Giza. Incluso para un arqueólogo, el aspecto era tan banal que suscitaría un bostezo. Y justamente, Damián bostezó con tanta fuerza que se atragantó con una ráfaga de arena. Hubiera sido una escena graciosa, si sus compañeros no estuvieran tan serios.

A su alrededor se sucedían una serie de doce expresiones fruncidas, caras torvas, y hasta un par de ojos abiertos de par en par, con la boca retorcida por estertores de pavor.

- "¿Y bien?" - Dijo Damián en cuanto pudo detener su tos, para proseguir inmediatamente después. Casi podía escuchar los gruñidos de desprecio que ocultaban los demás. Bueno, los escucharía de no haber tanto viento. Sin embargo, había algo más, algo detrás de los gruñidos, detrás de la seriedad y el desprecio. No podía precisarlo, pero su presencia era notable: el desprecio se había suavizado, minimizado. Se hacía pequeño, frente a… Frente a algo.

- "Como puede ver, maldito señor Garlés, tiene la maldita pirámide en frente suyo. Entonces, ¿qué espera para aproximarse unos doce pasos y si, oh, le suplico, dar uno o dos más e ingresar a la dicha pirámide por cuya examinación está siendo pago?" - Dijo el menos suave y pequeño de los doce. Pequeño en el sentido de ímpetu, porque sí era bastante bajito.

- "Ah, pensé que tenían algo que comentarme. De acuerdo, vamos entonces, ¿qué esperan?"

Sin poco bochorno, dedicó su atención a observar la propia pirámide con más cuidado, sin tanta desatención. Era apenas de unos cinco metros de altura, aunque sí era bastante ancha. El único detalle que contrastaba con la banalidad arqueológica era que la punta de la pirámide se hundía ligeramente al interior, disminuyendo aún más la altura de la misma. La puerta de la pirámide se encontraba a apenas tres pasos, y, gracias a Dios, permitía que el lado interior de la estructura no sufriera el asalto de los granos de arena enfurecidos que arrollaban todo el panorama.

El interior, sin embargo, era bastante más particular.

Más o menos bien iluminado por la luz exterior, permitía una buena observación de los jeroglíficos dibujados en la pared. Se sucedían, del uno al otro, ordenados de manera perfectamente vertical y equidistante desde la cúspide, recitando un nombre tras otro. Iry-Hor. Hatshepsut. Hedjetnebu. Ammu. Agatoclea. Amosis. Harkuf. En contraste con el orden de los jeroglíficos y el impecable orden usual en los templos egipcios que había visto, los nombres estaban desparramados, sucediéndose sin ton ni son, sin orden alfabético, cronológico, o de jerarquía. Ocupaban la pared como si se tratase del nombre de un sirviente, un peón sin importancia. La punta del interior estaba ocupada por una losa de piedra, con puntos innumerables dibujados. Al llegar a la losa, los nombres parecían disolverse, deshacerse y borrarse para siempre.

No había escuchado jamás oír esos nombres. Nunca en su historia de arqueólogo. Ninguna tumba, ningún templo.

El ceño de Damián, tan profundamente fruncido que amenazaba con hundir sus ojos dentro de las órbitas, cambió la dirección en la que apuntaba con el exabrupto de un tren cayendo del cielo, y así descendió desde la cúspide de la pirámide a la ruina que descansaba frente a él.

Un cilindro de poca altura, apenas medio metro, se extendía por dos de ancho, y ocupaba gran parte del espacio atravesable del suelo de la pirámide. Estaba derruido, erosionado, borrado de una manera casi intencional, casi odiosa. Sin embargo, sobrevivía lo suficiente de él como para imaginar lo que habría sido alguna vez. Un centenar de pequeñas caras idénticas, sin rasgos, sobresalían de los lugares sanos del cilindro, como las semillas de una frutilla de piedra. Un cartucho jeroglífico, usado en el idioma egipcio para denotar un nombre, adornaba la frente de cada una de las caras. Pero el cartucho estaba vacío, y en lugar de inscripción, contenía un agujero profundo que penetraba en la frente de la cara que adornaba. Una sola inscripción en todo el cilindro era legible, justo en frente de la entrada;

"SUS CARAS Y CUERPOS OLVIDADOS PERO SUS NOMBRES NO"

Los ojos de Damián se desenfocaron por sí solos. Se forzó a mirar con atención, intentar delucidar los detalles de la pirámide. Sin notarlo, sus piernas parecían deshacerse en una pila de gelatina, apenas sosteniéndolo. Las rodillas se doblaron, y se balanceó hacia adelante. Un rubor escaló desde su pecho, saltando de gota a gota de sudor que descendía de la frente. Su corazón martilleaba con fuerza, y a cada latido las gotas de sudor se desprendían como insectos de su frente, para impactar como llovizna en el suelo de piedra, seco por siglos.

Se rindió en el escrutinio, su cara casi huyendo de los jeroglíficos y caras vacías para encontrarse con otras doce, sintomáticas de una enfermedad idéntica, una que se arrastraba desde un rincón podrido de los corazones. El treceavo del grupo, desde el principio afectado, rompió a sollozar, casi en silencio, derrumbándose en el suelo arenoso, esforzándose para mantenerse el pie, con manos sudorosas en el hombro de uno de sus amigos.

Los ojos de Damián intentaron fijarse en la cara del más bajo de los trece, quien lo correspondió amargo. Ambos comprendían. La pirámide parecía amplificar el sonido de su corazón, la caída del sudor. Una sensación impronunciable, que gritaba por ser dicha. Clava sus uñas de hierro fundido en las neuronas, se expande por el cuerpo como un veneno, deseando hacerte gritar.

El bajito le asintió. Su trabajo estaba hecho. Quedaba lo demás.





… a veces, es mejor no buscar la luz en la oscuridad
quizás un día sea la luz, y no la oscuridad, la que devuelva tu mirada


Al otro lado del mundo, otro ceño fruncido se fijaba en los restos de un templo.

Era el ceño de Julián Maldonado, experto en cultura azteca, quien miraba extrañado un dibujo de una cara sonriente en un un pedazo de piedra de un templo subterráneo de Tenochtitlán.

Mirando esa cara sonriente, rodeada por trece estrellas, se preguntó porqué la operación era tan secreta, y porqué nadie tendría que saberlo.

Mirando un grupo de trece cerdos humanoides adorando la cara sonriente, se preguntó si no era un chiste muy elaborado.

- "Oye, Julián." - Dijo su compañero, Joaquín Barra. - "¿Reconoces alguno de estos nombres?" - Estaba mirando una losa de piedra, en la cual se sucedían líneas y líneas de texto.

Yaretzi. Quetzali. Yoltzin. Itan. Metzi. Eran nombres que conocía, si bien eran extraños. El bloque de texto se desvanecía hacia el final de la losa, para dar paso a una imagen del cielo estrellado.

- "Verga, ¿qué es esto? ¿Por qué mierda nos mandaron aquí?" - Preguntó Julián, aún más confuso. Llevaban horas buscando algo en aquél templo enorme y secreto, y no encontraban más que imágenes de estrellas. En ocasión, alguna locura cultista al mejor estilo Lovecraft aparecía entre grabado y grabado, gente ahorcándose entre así, sacrificios, guerra. A veces, había imágenes de una vieja familiar, Citlallicue, diosa azteca de las estrellas, sometiendo cuerpos y tumbas a lo que parecía ser damnatio memoriae, pero poco más. Y era todo tan, tan raro, tan ausente y confuso y oscuro para ser un templo azteca, pero simplemente no tenía respuesta. Estaba seguro de eso.

De pronto, sonó un silbato. Casi de inmediato, una docena de especialistas se retiraron de sus puestos para acudir a la fuente del sonido, como polillas a la luz. Julián y Joaquín se levantaron más tranquilamente, estirándose mientras otros de sus compañeros se retiraban de las cavernas oscuras que existían debajo del templo.

- "Reporte final, luego de esto nos vamos." - Dijo el organizador de la expedición, un tipo serio, gringo, de acento británico que manchaba su español por lo demás perfecto. - "Equipo uno, reporte."

El equipo uno, compuesto de cinco momias viejas que no conocía, pasó primero.

- "Nada importante, señor Jones, más de lo mismo. Imágenes de destrucción de memorias, y muchos nombres esparcidos." - Dijo una momia particularmente vieja y arrugada.

- "Bien, hagámoslo rápido entonces." - Suspiró el señor Jones. - "En vez de reportar todos, díganme si alguien encontró algo digno de mención."

Los trece equipos se quedaron en silencio. En el aire reinaba la confusión. Cada uno se enfrentaba a un dilema extraño, ajeno a su trabajo, y tenía poco que ofrecerle al señor Jones, hambriento de datos e información. El silencio se extendió por medio incómodo minuto más. Al culminar ese tiempo, Julián se animó a emitir una pregunta.

- "¿Qué pasa con todas las estrellas?" - Pronunció, sintiendo que algo se deslizaba dentro suyo. - "Hay algo extraño con las estrellas, como si…" - Se ahogó, su garganta anudándose. Un picor se extendió por su espalda, un rubor en la cara. Casi perdía el equilibrio. Si terminaba de hablar, lo perdería sin duda.

Los demás parecían compartir la sensación. Se miraban entre ellos, de repente conscientes de algo. Algo que no podía ser pronunciado.

- "Bien…" - Dijo Jones, carraspeando la garganta. - "Acompáñenme, señores. El trabajo terminó, han sido de gran ayuda."

- "Pero, ¿no nos va a decir qué es esto? ¿Qué estamos investigando?" - Dijo un estudiante joven que no conocía, descargando sobre esas palabras una desesperación de otro lugar.

- "Claro que sí. Primero vengan con migo. Antes de dejarlos, debemos darles una…" - Jones titubeó. - "Una vacuna. Este sitio tiene unas… Bacterias, unas contra las que no están vacunados normalmente."

La mentira era clara, pero el miedo demasiado para quejarse. Comenzaron a caminar todos en convoy, dirigiéndose hacia el sol, hacia un día que les daba la bienvenida.

Julián volvió la vista, y creyó leer algo. Algo en español.

"LA LUZ NO PENETRA ESTE TEMPLO OSCURO DEL RECUERDO."

Tropezó, y perdió el foco. Se detuvo un minuto para buscar la línea, pero ya no estaba allí.





benditos sean los muertos y los ciegos
sus ojos y cuerpo inconscientes del odio que los baña por las noches.


- "Willem, reporte de asteroides." - Dijo Tiffany, capitana del SCPS Gung-Ho, en medio de un bostezo.

- "Bien, Tiff. De hecho, muy bien. Ya salimos del problema de los asteroides, estamos apenas a kilómetros del objeto." - Respondió a través de un intercomunicador integrado en el panel de comando. El pequeño puente de la nave no contaba con mucho más que una silla, el panel, luces y hierro reforzado, así que de todas formas nunca estaba desatenta a la comunicación.

Demasiado aburguesada para levantarse y apretar el botón de intercomunicación con Lucas, fotógrafo de la expedición, se estiró para darle una patada.

- "Lucas, la cámara. Mientras más rápido le tomes una foto, más rápido volvemos." - Con un dedo, apretó el botón mucho más cercano de comunicación con Willem. - "Tú bájate de ahí. Lucas es el único con suficiente resistencia cognitopeligrosa."

- "Ah, diablos. Casi lo olvido, quería mirar la cosa." - Respondió él, oyéndose cómo abría la puerta de acceso al puente de comando. - "¿Qué crees que será el objeto? Me da mucha curiosidad."

- "Pregúntale a Lucas, no sé." - Respondió Tiffany, abriéndose el treceavo paquete de chicle del viaje.

- "¡Oye, Lucas!" - Gritó Willem, olvidando que existía la posibilidad de hablar normalmente. - "Cuéntanos cómo es la cosa de ahí. Haznos el favor." - Luego de cortar, comenzó a hablar inmediatamente. - "¿Crees que habrá escuchado? Siempre me asusta el tipo, no sé si hará las cosas o no. ¿Será mudo, o…?"

- "Primero que nada, a mí no me interesa, así que no digas 'nosotros'. Segundo, siempre hace lo que debe."

- "Sí, pero…"

- "O-oigan chicos." - Habló una voz aguda por el comunicador, perteneciente a Lucas. - "T-t-tienen que ver… Ver esto…"

- "Lucas, ¿no te lo dejaron claro ya?" - Gruñó Tiffany. - "Tú eres el tipo resistente. No podemos ir a verlo. Descríbelo si quieres que te ayudemos, y no esperes demasiado de todas formas."

- "B-bien, pu-p-puta que lo parió. Es una m-mierda octogonal. C-c-cómo… Co-cómo…"

- "¿Como un signo de 'pare'?" - Sugirió Willem.

- "¡Sí, exacto!" - Continuó Lucas. - "Es como un sign-signo de pare." - El silencio del espacio reinó en el puente de mando, hasta que volvió a hablar. - "Saben… Creo que no tengo suficiente resistencia para esto."

Silencio.

- "¿Lucas…?"

- "Este octágono. Estaba hecho para nosotros, para decirnos algo."

- "¿Qué cosa…?"

- "Decirnos que volvamos. Que no prosigamos. Que… Que…"

Silencio.

- "Que olvidemos."




Julián despertó en la calle. Estaba acostado debajo de una lámpara de la calle. No recordaba acostarse.

Mientras sus ojos se adaptaban a la penetrante luz de la lámpara, notó que apenas había color en la calle. Era todo gris, gris oscuro y gris claro. Y las luz blanca. Las estrellas titilaban blancas, bailando en el firmamento.

Se adaptó un poco más, y pudo ver los edificios.

No era su ciudad.

Los edificios estaban derruidos, desatendidos. Bloqueados de fuera y de dentro. Una camioneta había chocado con un edificio, y ahora descansaba oxidada, apoyándose en el agujero que dejaba en la casa. Dentro suyo no había nadie. Había vacío. Un vacío que no era. Un vacío con forma de persona.

La luz se fundió, y no pudo ver más.

Julián alzó la cara, y vio trece estrellas danzando en el firmamento.

Los nombres olvidados.

Damnatio memoriae.

La destrucción de la memoria.

De repente, comprendió.

Pero cuando comprendió, ya no estaba más.

Había un vacío con forma de persona en su lugar.


























estamos observando.

Gracias a RevenantHeimdall y Shadow-MASK por la crítica y correcciones.


The world may be your canvas, what you paint on it beware.

El mundo será tu lienzo, lo que pintes en él teme.

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