Retogamer 2

Sus ojos se abrieron con dificultad. Las pupilas vieron, y cruzaron la vista con la oscuridad.

El cuerpo dolorido, la cabeza chirriante.

¿Estaba muerto? ¿Muriendo? ¿Así era el infierno?

A pesar del dolor, algo dentro suyo rápidamente respondió que no.

Darse cuenta de la vida que aún latía dentro suyo le hizo despertarse, deshacerse del sopor. Lenta pero seguramente, sus pupilas se agrandaban, y de a poco los contornos se hacían visibles…

Un piso de madera… Tamaño indefinido.

Escucharse a sí mismo lo alentó, aunque aún sufría de una jaqueca espantosa. Intentó erguirse con ímpetu, para poder ver a su alrededor, y otro dolor, sorpresivo y exquisito, le dió la bienvenida.
Su postura se torció, arrodillándose, volviendo a ser un bebé lloriqueante, volviendo al vacío, volviendo a la oscuridad, volviendo a…

Tengo la pierna quebrada.

Su cerebro pataleaba desesperado, ahogándose en la oscuridad, aferrándose a sus propias afirmaciones para no caer en el vacío de la inconsciencia.

Realmente no me matan así de fácil.

Por algún motivo, el pensamiento casi lo hace reír, partirse a carcajadas a pesar de la penosa carga. El diafragma ya se contorsionaba dentro cuando un nuevo abrazo de sufrimiento, un nuevo regalo del demonio que se aferraba a su pierna, logró matar la risa. A pesar de eso, su cara se torció en una mueca cruel, medio sonrisa y medio desesperación. Se afirmó en su pierna sana, y…

Click.

A su alrededor, una miríada de luces se encendieron, desde las paredes, el techo, y el suelo. La luz lo atravesaba como un cuchillo, apuñalando una y otra vez la materia gris dolorida. Cerró sus ojos y la espalda se curvó, protegiéndolos.

- "Ya pensaba que te habíamos matado."

La frase golpeó sus oídos como un martillo. Las palabras volvían de un lado a otro, dentro y fuera, de fuera adentro como un eco, eco en la habitación, eco en los oídos, eco en el corazón. El sonido tocaba y lastimaba, y todos los músculos se tensaban en anticipación.

Definitivamente, conocía esa voz. Esa voz prometía muerte. Dolor. DOLOR.

Los ojos volvieron a abrirse. Ver era vivir, no ver era morir, rendirse. La figura volvió a incorporarse, con cuidado de no apoyarse en la pierna herida. Estaba en una habitación de madera, de paredes contorsionándose en círculos. Las planchas rectangulares de madera se sucedían, una a otra, sin interrupción. Cada una era igual a la otra pero diferente, con otras formas espiraladas, decididamente artificiales.

Los ojos vieron algo, en la periferia, y se fijaron en el brillo que veían, como si fuera una blasfemia.
Y dos otros ojos, verdes, profundos, voraces, abiertos como la boca de un lobo, le devolvieron la mirada.

Una pantalla reproducía la imagen de un soldado, o marine, o algún sargento. Los ojos estaban rodeados por una cara afilada, casi carente de ángulos. El pelo, corto, estaba recogido dentro de una boina militar. El cuello se escondía en el interior de una camisa parda.

Debajo de los ojos, había una boca. Una boca sonriente, imposiblemente cruel, abierta infinitamente con un sinfín de colmillos curvos, extendiéndose dentro de la boca…

- "Vaya, no estás ni tan mal." - Dijo el militar, y la boca, perfectamente normal, volvió a adoptar una sonrisa cerrada.

La voz, insultante, horrenda, torturante, casi lo hace gritar. Alzó un arma que sostenía en la mano derecha, y apretó el gatillo. Decenas de balas abandonaron el cañón, corriendo su curso en el aire. Volaban invisibles, veloces, pero nunca lo suficiente rápido. La primera bala alcanzó el cuerpo del sargento. Siguieron una decena más, hundiéndose en la carne, destruyéndolo, eliminándolo, matándolo, alejándolo, impidiendo que lo torturase, evitando su muerte, todo por sobrevivir, y el suplicio interno se volvió grito, desgarrándole la garganta y resonando más alto que el sonido del cañón, un rezo para sobrevivir y no morir, no morir, no morir-

La figura en la pantalla se rió como si hubiera escuchado un buen chiste. Casi se sobresaltó de escucharlo. Entonces, la mirada cambió de rumbo y se posó en sus propias manos, vacías, pero gesticulando como si sostuviera una pistola.

- "Ya me habían dicho que te faltaba un tornillo. Como sea… ¿Te suena esto?"

La pantalla cambió, y la imagen se volvió un lago. De fondo podía verse una instalación, algo difusa.

ÁREA RESTRINGIDA
NO TRASPASAR DE ESTE PUNTO
FOTOGRAFÍAS PROHIBIDAS
EL USO DE FUERZA LETAL ESTÁ AUTORIZADO

El nombre volvía a su cabeza. Cruzaba de neurona a neurona atormentado, entre tormentas, atormentándolo.

Área 51.

La fuerza de la realización lo hizo retorcerse. Sus ojos lagrimearon, y cayó sobre sí de nuevo.


Nunca fue buena idea ir. ¿Qué estaba haciendo, con cuatrocientas mil personas vagando en el medio de un área restringida militar?

No era necesario decir que no lo sabía. Voluntad de masas. Tal vez por las risas.

Corrían todos como uno, cruzando el punto de no retorno. Aquel cartel que marcaba el límite de la legalidad…

Como uno gritaban, aullaban, reían en una euforia salvaje, resultado de la liberación del miedo. Que venga, que vengan, cantaban todos. No pueden hacernos nada.

¡Deténganse! ¡No queremos lastimarlos! - Respondía otra voz, firme, a través de un metal resonante. Pero el gigante de cuatrocientos mil corazones no oía. Hombres y mujeres componían sus piernas determinadas, su voluntad de acero.

¡Plam! - Pudo escucharse. Una mina antipersonal.

La euforia huyó con la cola entre las patas, y el terror tocó de nuevo la superficie.

El coloso se desbandaba, gritando todavía. Ya no eran uno, eran cuatrocientos mil, y que se salvara quien pudiera.

Detrás, corrían más rápido los camiones. Se apelmazaban, cerrando la salida, y de ellos bajaban las bestias pardas, con boina y camisa camuflada. Sin salida, toda la gente, hombres y mujeres, corrían y se volvían sobre sí desesperando, huyendo de las bestias pardas.

Pero las bestias corrían más rápido, y con sus brazos de acero cruel los agarraban de a uno, los metían en camiones. A él, paralizado de terror, lo agarraron en seguida. Disparó un par de veces con el arma que llevaba, pero las bestias pardas no cedían. Mató a uno, pero no cedían.

Lo lanzaron, brutales, dentro del camión. Su cuerpo, largo y escuálido, casi se hace trizas contra el suelo metálico. Una, dos, diez, mil bestias se abalanzaron encima suyo, conteniendo su hambre. Sin morder, lo apaleaban y rompían, lo destrozaban y arrancaban, torturando sin devorar…

Parecían mil años de tortura, mientras lo arrastraban, le rompían la pierna y lo lanzaban a una habitación de madera…


Estaba tirado en frente de la pantalla, ensangrentado. Su cuerpo temblaba y lloriqueaba. El trauma lo quemaba, arrancaba a pedazos su cerebro y lo devoraba. El dolor era demasiado. El sufrimiento era demasiado. El miedo por más era demasiado.

Pero ante todo, la figura se irguió un poco… Y golpeó, con un puño flácido, la pantalla. El cristal se hizo trizas, mordiendo su mano, bestial. Ya no se oía la risa del militar. La pantalla, negra, ya no podía desgarrarlo.

Entonces, colapsó. Colapsó como un trapo usado, rendido. Se sumió en la oscuridad… Y mil años más pasaron.


Una sensación de picazón lo hizo despertar. Se creyó en su cama, agradeciendo que por fin la pesadilla hubiera terminado. Quiso incorporarse… Y un dolor sorpresivo y exquisito, le dio la bienvenida. Tenía la pierna rota.

Los ojos se abrieron sobresaltados. La boca se agarrotó en un lloriqueo. El miedo volvía, despertándose también del descanso.

Entonces, la picazón volvió a acosarle. Era la mano.

Se miró los brazos temblorosos.

Estaban cubiertos de grasa. Grasa de cerdo.

Intentó rascarse la palma, extrañado. Una sensación suspensiva abrumó todo el miedo y el dolor. Flotaba, en el aire, expectante y tensa…

El picor se intensificó un poco. La sensación flotante se precipitaba, gota a gota.

Un miedo gutural, surgido de los huesos, de la carne, lo inundaba. Un miedo que no comprendía. Era artificial, forzado. Una tortura nueva.

Grasa. Grasa. Grasa. Maldita grasa, sucia, que devoraba todo lo bueno. Iba a morir consumido por la grasa, puta grasa, grasa que lo ahogaba, empalagaba sus sentidos con un sabor agrio, malévolo.

Torció la mirada con su cuello flácido e inútil, consumido por los temblores. De la pantalla rota chorreaba la grasa, justo desde donde había golpeado. Ya no iluminaba nada, aunque a veces fluía alguna estática de dentro.

Entonces, una orden, un grito de dentro, le ordenó;

Límpiate.

Y al grito le acompañaba el conocimiento; Estaba sucio. Las manos cubiertas de grasa. Alá le ordenaba limpiarse, quitarse la horrenda grasa de cerdo.

Se reprimió un poco. No estaba tan mal. No estaba tan mal. Se limpiaría. Al menos no eran más golpes.

Se irguió en una pierna, aguantándose el miedo, cerrando la boca para que el grito no se escapase.

Sus manos se apoyaron en la pared adyacente, sintiendo la madera. Era suave, apenas rugosa. Encerada y barnizada y limpia… Excepto donde había tocado.

Probó deslizar la mano por la madera. Aunque dejaba grasa por donde pasaba, sentía que funcionaría. Las manos se movieron más rápido, forcejando contra la madera. La fricción calentaba la grasa, la quitaba. Pero también arrancaba su piel, partía sus venas.

No importaba, la grasa salía, salía de a poco. Con paciencia, la quitaba de a poquito, apaciguándose, tranquilizándose… Pero la urgencia no desaparecía.

Intentaba e intentaba, pero la grasa no desaparecía. La pared se manchaba, y sus manos ardían pero no eran limpias. En desesperación, intentó mover más las manos. Sangraban, las palmas sangraban, y la grasa se mezclaba con su carne. No podía mezclar grasa de cerdo con su carne. No podía. No. No. Era sucio, sucio, SUCIO.

La mano se lanzó contra la madera, y partió una tabla de furia, de desesperación y odio.

Su espalda se encorvó, y sin decir palabra, casi en silencio, sin que nadie viera el sufrir del cuerpo, sin que nadie sintiera el sufrir del alma, sollozó.

Pero nadie oyó el sufrir de la mente.

De pronto, otra sensación lo sobresaltó. Un picor asaltaba su cabeza, como si se tratara de piojos. Alzó la vista, y su cara se encontró con un chorro de grasa que saltaba desde la pared, ensuciando sus ojos, su nariz, su boca.

Cerró los ojos y escupió, lanzándose hacia atrás. El grito que reprimía abandonó su garganta, desgarrándolo desde dentro. Sus manos atacaron la grasa en su cara, rasguñando con sus zarpas, rompiendo la carne, lastimándolo. Tan sólo se ensuciaba más, y más, y más.

Las lágrimas lograron correr la grasa, y abrió los ojos.

A su alrededor, la grasa se arremolinaba, llenaba la habitación. Asumía la forma de bestias pardas, rompiendo la pared, destruyendo las barreras, corriendo por él.

El suelo estaba cubierto, y la grasa escalaba alegre.

Estaba todo repleto de cuerpos. Cuerpos boca abajo, cuerpos de sus ancestros. Los había matado. Estaban muertos, sus almas ya no vivían en el cielo.

Se tambaleó, mientras el mundo giraba, revolvía, lo mareaba.

Quiero morir. - Dijo. - Por favor, dejadme morir, pero no así.

Y dos manos se alzaban de la grasa, lo aferraban. Ya le llegaba a la cadera. La grasa formaba caras, la cara de Iblis. Las caras se reían, y dos manos lo tiraban.

La grasa se alzó del suelo a su lado. Una forma monstruosa, gigantesca, que se abalanzaba sobre él. Su rostro de cerdo lo miró fijo, mientras sus manos lo tomaban del cuello y lo ahogaban en la grasa.

Una lengua se extendió de la boca del cerdo y entró en su boca, llenando sus pulmones, sus intestinos. Subiendo a su cerebro, infectando su sangre. La grasa lo devoraba, mientras él se revolvía, luchando.

Las manos lo ahorcaban, como si pudiera respirar. La lengua del cerdo seguía creciendo, rellenándolo de grasa infecta que comenzaba a pudrirse. Sus ojos reventaron y sus intestinos flotaban en la grasa. No podía sentir nada, ni tan sólo el dolor. Sólo había desesperación, y pronto el instinto cedía, ahogado también en grasa.

Su corazón, repleto, ya no podía latir. Desesperaba intentando mantener vivo al cuerpo moribundo, bajo una presión que no soportaba.

Y lo último que escuchó, la última cosa que pudo oír, casi como un ultimátum de Alá a su siervo pútrido…

Tan sólo escuchaba la risa de un cerdo.

Y murió así, escuchando la risa de un cerdo.

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