Regalo

Se que uno va sin hache, eso es lo que se estila
Aunque hay días que me siento el Huno como Atila

Cuando la noche me encandila y me descarrila
Vuelvo a ser la última, de la fila


Una mujer camina, con rumbo y sin dirección, por las calles de una ciudad.

La ciudad, colorida y gris, se tuerce sobre sí. Las calles escalan una sobre otra, recorridas por innumerables autos, motos y camionetas, como glóbulos rojos por las venas.

El corazón de la ciudad late, respira y exhala monóxido de carbono, humo gris y smog.

Pero la mujer camina, cruzando una calle con el semáforo en rojo.

Sile le dicen algunos, algunos conectados a otro corazón más grande. Algunos la llaman imbécil, rara y retardada, degenerada fea y miserable son otros nombres. Las espinas vuelan y se clavan en la piel rosa, como una flor de ceniza.

Pensándolo la cara se le tuerce un poco, siempre imperceptible en lo idéntico de las calles.


Y oscila, mi ánimo, como un vaivén
Paso de ser un huracán a un maestro Zen

A veces un volcán con el poder de Superman
Y después ya ven, soy Clark Kent.


Cruzando una plaza, el sonido cambia sin cambiar el volumen.

Una protesta ha roto para mal, y pronto fluyen los glóbulos blancos, en armadura negra y escudo de plástico, a curar la infección. El gas se mezcla con la exhalación de la ciudad, y la mujer se mueve para evitarlo.

La población se tuerce sobre sí, frenéticamente convulsionando sin cabeza ni gobierno. Pensarlo es casi como inhalar el gas.

¡Las cosas están mal! - Dice una vieja en un balcón, bostezando. No están mal, están para el orto, para el ojete. Pero también están normal. Siempre han estado así. Pesa el pensamiento como una caja de papeles de universidad.


Pero mis defectos no me acomplejan
El efecto de las penas son dagas que me aquejan.

Las veo como marcas, en forma vaga
Y más que cicatrices después me parecen llagas.


La puerta se abre y se cierra, con el peso de la rutina haciendo que las bisagras chillen.

Entonces la seriedad se vuelve una sonrisa, perla en mar de arena. Rara ocurrencia, reflexiona la ciudad, pero para la mujer esa sensación siempre está.

Porque sabe que hay alguien que la está esperando.

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