Navidad

Una fiesta tomaba lugar en el techo del edificio principal del Sitio-34.

Como espacio recóndito, lejos de la mano de Dios y protegido de ella, los fiesteros gozaban de cierta libertad diferente del habitante estándar de ciudad. Estas libertades, por supuesto, incluían suficiente alcohol para dejar una ballena en coma alcohólico.

Sin embargo, como agentes, científicos, investigadores, detectives y burócratas responsables (y algo intimidados por la mirada de las estatuas de acero que eran sus superiores), el consumo de la amarga sustancia se mantuvo a un mínimo aceptable, que la metafórica ballena ni siquiera notaría. A pesar de la atenuada presencia de alcohol en sus sistemas, el lanzamiento más o menos constante de fuegos artificiales mantenía la actividad alta en el enorme espacio del techo. Eso es, a excepción de un detective en particular. Su nombre era Andrey Stidav.

Al contrario que los demás tipos liberados de sus deberes en la santa fecha, y al igual que el pobre personal indispensable, se mantenía sentado en una silla reclinable en su puesto (o en este caso, la vieja sala de fiestas en desuso), mirando a la nada (o en este caso, al horizonte negro tras los ventanales). Mientras los demás fiesteros danzaban a gran velocidad (en ambos sentidos), Andrey tomaba vino rojo, añejo desde el prehistórico 2018. Lentamente subía la copa a su boca ligeramente arrugada por la edad, para sorber algunas pocas gotas y bajar la copa al suelo.

La habitación a su alrededor estaba libre de gente, ocupada por una mesa larga en el centro con varias sillas netamente organizadas a su alrededor, y un mantel y cubiertos preparados para una comida ausente. Unos cuencos de metal gris esperaban el impacto del hielo contra su interior, sentados tranquilamente a lo largo de la mesa, equidistantes. La vista de Andrey esquivaba intencionalmente la mesa, rehusándose a romperse bajo el flujo de la nostalgia sobre los ojos.

Una sola lágrima se deslizaba sobre la mejilla de Andrey, al paso de un caracol en una mañana lluviosa. La vista del hombre se enfocó en su propio reflejo en el vidrio, transparentado para dar paso al escenario del exterior. Hace cuatro días, se habían cumplido sus primeros sesenta años de trabajo en la Fundación. Casi podía oír la risa rasposa del conserje del edificio, empleado hace setenta, aún tratándolo de jovencito. Hace mucho, mucho tiempo, había sido jovencito. Hace sesenta años, Andrey Stidav era el nuevo.

Era el nuevo que estuvo allí para presenciar el evento más importante para la Fundación en cien años.


- "¿Y ahora, Borja?"

- "Ahora vístete bien. Hoy es un día importante, y tienes que estar listo para las cinco."

- "Estoy bien vestido."

- "No. No lo estás. Los joggings no te quedan bien para lo flaco que estás. Ponte unos jeans o algo. Recuerda, es en el ala experimental, Sala… Cuarenta y uno."

- "No eres mi papá."

- "Desearías que lo fuera."

Y con esas palabras, Borja lo dejó solo en la cafetería. Las cinco. El condenado le había avisado a las cuatro y media. Aunque corriera a su habitación, tumbando a toda la población del Sitio-34 en su camino, no podría haber llegado a tiempo para cambiarse. Suspiró. Iría con la misma ropa sudada y con salpicones de salsa bolognesa. Se ajustó la gorra y se levantó.

Los minutos pasaban con una rapidez monótona. Sin lentitud ni apuro, se movían los minutos al ritmo de sus pies caminando por las calles de la pequeña ciudad. Sin lentitud y apuro, llegaban las cinco menos cuarto. Sin lentitud y apuro pasaban los días, y su poco imponente credencial Nivel-2 de detective junior en entrenamiento le impedía ojear las cosas más interesantes que tenía para ofrecerle la Fundación.

Sin lentitud y apuro daba diez pasos dentro del ala experimental. Cinco menos diez. Qué más daba llegar temprano. Sin lentitud y apuro bostezaba, perdiéndose de alguna manera el ambiente frenético en el que estaba sumergido. Parecía no darse cuenta de que algo importante estaba por ocurrir. Sacó una mano del bolsillo para empujar la puerta corrediza de la Sala-41, haciendo tan poca fuerza que se chocó de frente con la puerta, y la gorra se le cayó de la cabeza. Sin poca vergüenza, se agachó para levantarla y, ahora sí, abrió bien la puerta.

Del otro lado del cristal esperaba una multitud. Tres tipos en corbata y dos en guardapolvo lo miraban de reojo, pero no se dio cuenta. En cambio, correspondía con apatía a la mirada irritada de Borja Dowell. Como era su tutor, amigo y casi papá, lo trataba como hijo, o más bien como un sobrinito malcriado.

- "Te dije que te cambiaras."

- "No tenía tiempo."

- "No seas vago. Llegabas perfectamente."

Suspiró.

- "De todas maneras, no quería cambiarme."

El mayor se apretaba los ojos, exasperado. Actuaba como si tuviera doce años.

- "Cuando te digo algo, lo haces. ¿Te quedó claro?"

- "Sí sí sí, cla-"

La frustración de Borja fue repentinamente interrumpida por el chillido de una máquina encendiéndose. Sin aviso, comenzaba un torbellino de actividad a no más de diez metros de distancia, cuando el equipo encargado de SCP-ES-476 ajustaba la frecuencia del bizarro portal interdimensional. La máquina como tal eran dos pilares angulares, recorridos por innumerables cables, y la armonía de la estantería del taller en un día de refacciones. Parecería una réplica destinada para una película, de no estar estampada repetidas veces con el símbolo Taumiel, que le hacía notar a Andrey que definitivamente no tenía suficiente nivel para estar ahí.

Un par de gritos de júbilo se alzaron entre el equipo de preparación, y las expectaciones aumentaban con los decibeles. No tenía ni idea de por qué estaba allí, ni qué diablos estaba pasando. Pero como siempre, Borja oyó la pregunta sin pronunciar, y pronunció la respuesta a su oído.

- "Estamos contactando con una dimensión paralela. Van a venir delegados de otra Fundación a entablar negociaciones."

La explicación no ayudó a amainar su inmensa confusión.

- "¿Qué?"

La pregunta jamás halló respuesta. Un torbellino gris y dorado se alzó entre los dos pilares que formaban a SCP-ES-476, y todo sonido se detuvo en seco. Y el mundo contuvo la respiración.

Contuvo la respiración cuando un tipo rubio salió del torbellino, con la ropa danzando en los hilos del viento que expulsaba.

Cuando cinco otros salían detrás de él.

Cuando una miríada de bocas se abrieron estupefactas.







Rompió el puente entre sus ojos y los del reflejo, girando ciento ochenta grados a mirar la mesa. Otra lágrima resbalaba en la mejilla, más rápida que la primera. Se levantó con rapidez de la silla y tomó otro trago de vino, casi como si se estuviera dando valor. Dos lentos y largos pasos lo llevaron a la primera silla desde el lado derecho de la mesa. Frente al plato y los cubiertos de plata descansaba un retrato, sin nombre, en un marco de madera indistinta y plana. El retrato era pequeño, casi atenuado. Mostraba sin pena ni alegría el rostro de un hombre moreno con anteojos, con la cara cruzada por arrugas. El nombre era Gerardo Ares. Quizás, en otro tiempo, el nombre significaría algo para quien lo oyera. Pero ahora, el apellido apenas era una letra más de un acrónimo. ASVAL. Artefacto de Soporte Vital Ares-Lang.

Quien escuchara el acrónimo se imaginaría a Gerardo como un genio, al nivel del famosísimo señor Scranton, inventor de las Anclas de Realidad que orgullosamente portaban su nombre. Pero para Andrey, el nombre Gerardo Ares significaba amigo. Significaba familia, si bien era tan lejano como un tío abuelo que vivía en Australia. Los recuerdos eran distantes, enterrado lejos bajo pilas y pilas de recuerdos muertos, aún tibios y alegres. Andrey se tragó las lágrimas, para hundirse en un mar de ellas.


Gerardo Ares no cabía en el arquetipo de genio de la Fundación. Definitivamente, no parecería un genio ante los ojos de cualquier caminante de pasillos de rostro indiferente del Sitio-34, su hogar. Su complexión baja y flaca, su mente de violinista y profesor de matemática, y sobre todo los diminutos lentes redonditos que portaba a todos lados quitaban cualquier preconcepción de importancia que pudiera vestir. Era más bien luego de oír su apellido que uno lo trataría como genio, le daría la mano y le agradecería, por milésima vez en la vida de Gerardo. Bla bla, ya sabía que un aparato para alargar la vida era importante. Ya sabía que estaba siendo producido más o menos en masa, con unas cien o ciento cincuenta unidades alrededor del mundo salvando vidas, sin darle ningún beneficio, aunque fuera una mísera bonificación de fin de mes.

Gerardo era un hombre solitario, dedicando casi tanto tiempo al violín y a las matemáticas como a su trabajo dual de investigador y agente en ocasión. La vida le regalaba pocos momentos para hacer sociales, y cuando lo hacía, el famosísimo y exasperado inventor optaba por gastarlos con un club particular. Este era el autodenominado Club 44, nombre brotado de algún chiste de antaño que Andrey no lograba recordar. Frecuentado por personal de todos los niveles y departamentos del Sitio—34, apenas excedía la veintena de miembros. Sin embargo, su historia e influencia se extendía a las misteriosas raíces del origen del Sitio, y la vieja guardia de la Rama Hispana.

Andrey recordaba esos días iniciales como niebla, entrando a conocer a los miembros del Club. Gerardo no estuvo en las primeras cuatro sesiones mensuales, en esa misma sala recóndita. Pero cuando entró, le llamó infinitamente la atención. Quizá era el nombre, quizá algo de atracción física, pero la cara entonces suave de un Gerardo treintañero le había llamado más la atención que cualquier otra del Club. Aunque intentó hablarle siempre que pudo, lo vio en contadas ocasiones, y no supo nada de él por veinte años.

Pero aún más que su cara, le había llamado la atención su destino.

Se veía de nuevo en rol de detective, revólver en mano, rompiendo al interior del Subnivel 5. Se veía de nuevo entrando al enorme galpón sin dueño, liderando el Destacamento Móvil Alfa-34. Los Suturadores se desplegaban detrás suyo, alumbrando el gigantesco espacio con linternas tácticas. A través de las paredes se extendían cientos y cientos de cuadros de compañeros desaparecidos o muertos, con cruces sobre ellos.

Pero en el centro descansaba Gerardo, sentado sobre una silla. Su piel se pudría, y el suelo estaba cubierto de cabellos que se habían soltado de su cabeza. Una gigantesca máquina parecía sorber la vida del cadáver apenas vivo, conectándose a cada rincón de su cuerpo, como manos aferrándose a la piel. Era un Artefacto de Soporte Vital Ares-Lang. Era una máquina que había mantenido viva la mente del matemático cuando su cuerpo se pudría. Eran las uñas de un carnicero hundiéndose en el cerebro, sosteniéndolo en dolor imperecedero sobre las llamas de la muerte, sin nunca dejar caer.

Nunca se supo qué había ocurrido allí. Nunca se supo a qué alma retorcida pertenecía el Subnivel 5. Nunca se supo la crueldad que había impulsado a su dueño a infligir esa atrocidad a un buen hombre.


Los brazos de Andrey temblaron un poco al recordar esos momentos, pero al menos ya no estaba triste.

Sorbió otro poco de vino, y se sirvió otra copa. Sus ojos se movieron hacia el siguiente retrato de la mesa.


Luisa Vander era definitivamente un caso raro. Venía del departamento hispano más raro de la existencia, el obscuro DEINEX, y de alguna manera no reflejaba en absoluto su profesión. Aficionada a la cultura maya, juegos de cartas de niños, y obsesionada con los conejos, su presencia resultar más estrambótica. Podía hablar por horas, y se decía en el Club 44 que sus palabras oscurecerían el sol si alguna vez saliera de su recluido cuartel en el edificio.

Cada tanto, llamaría la atención de todos los demás para decir algunas palabras delirantes sobre una amenaza oscura, extraña y alienígena. Quizá hubiera sido gracioso, pero la palidez de su cara y el terror en su voz hablaban de algo más que locura u estrés. La paranoia que parecía acompañarla oscurecía las luces LED de su sitio de reunión, como si sus palabras fueran humo negro.

Sin embargo, incluso rara como era, para el tercer día del 2020, dos días de su entrada ya era casi una amiga para todos. Paciente receptora, y en un principio poco extrovertida, pronto se volvió miembro prominente, incitando algo de envidia en el poco popular detective junior.

Con los años, la envidia lentamente pulida se convirtió en aceptación y amistad, y Luisa Vander pasaría a ser también su amiga. Fue amiga por cinco años más.

Pero entonces, simplemente abordó una nave y desapareció.

Sin explicación. Sin paranoia. Se hizo con el SCPS Lepus y partió. Partió sin decir adiós, y algunos dijeron, sin declarar su amor. La Fundación no la logró alcanzar. Cuando la primera nave de rescate había despegado, ya era tarde. Ya el Lepus estaba lejos del planeta Tierra. Meses después, un lejano agujero negro colapsó sobre sí, y cuando la Fundación envió otra nave a investigar, encontraron los restos de la nave flotando en el espacio sideral. Les había costado aceptarlo, pero los miembros del Club 44 entonces supieron con certeza que su amiga había muerto.

Si tan solo las muertes se hubieran detenido allí… Pero el tiempo no tuvo piedad


Andrés Mondragón sí era un ejemplo de un genio exitoso arquetípico. Incluso cuando era más bajito, se erguía orgulloso por sobre los demás, clavando sus ojos brillantes en sus pupilas. Esos ojos, de color amarronado, hablaban más que la boca silenciosa de su portador. Hablaban de una vida larga en la juventud, y de una vejez inventiva. Hablaban de un experto en una ciencia ignota, ajena a la consciencia humana. Hablaban de un genio de la memética.

Tal era el rasgo que definía la carrera del Director de Sitio Mondragón. Incluso antes de todos sus éxitos, su presencia altiva lograba cautivar al resto de miembros del Club 44, al menos de los nuevos, entre ellos Andrey. Resultaba fascinante observar el tránsito casi instantáneo de una personalidad a otra cuando la puerta del recinto se cerraba. Del silencio orgulloso, pasaría con un chasquido de dedos a ser el humorista del club. Aún mientras el detective se recluía en su silla, intimidado por el personal de alto rango con el que compartía mesa, la presencia de su tocayo hispano le servía para soltar algo de peso. Incluso juegos estúpidos de palabras parecían hilarantes cuando él los decía.

Había sido entre gracioso, decepcionante, y triste cuando supo del agente memético que usaba para ese mismo propósito. Para un aficionado inexperto en el campo de la memética, Andrey había notado bastante rápido, en un total de cinco sesiones, que Mondragón llevaba siempre la misma remera negra y blanca, con curiosos dibujos en espiral. Una vez se dio cuenta de la remera, la deducción le tomó poco más de seis días. Pero decidió callarse.

Seguía siendo gracioso escucharlo, pero no era lo mismo. No podía dejar de mirar aquellos ojos marrón brillante sin ver terror tras la fachada altiva del entonces investigador de alto rango. Tal era aquella, que en cuanto Andrés notó el cambio, dejó el club. ¡A nada menos que proyectar su propio Sitio! Aunque, a decir verdad, no sabía si se había ido por eso. Sí sabía que en cuestión de tres años, el Sitio-313 había pasado a ser el diamante en el anillo hispano de la Fundación. En tres años más, despertó el interés por la memética en la Fundación venezolana. Se diría después que todo investigador venezolano era experto en lingüística, memética, ontología y matemáticas, todas materias favoritas del exitoso señor.

Tan rápido como había surgido, en 2034 comenzó su caída. La situación en Venezuela degeneraba, con un dictador moribundo y un imperio de origami bajo suyo. El Sitio-313, no muy lejos de Caracas, estaba a pocos kilómetros del ojo de la tormenta. Y cuando Andrés, cargando ya cincuenta y pocos años en la espalda, obtuvo la oportunidad de participar, se unió a la masa de cuerpos hambrientos que se abalanzaban sobre el humeante Palacio de Miraflores. Y cuando un bombardeo limpió la zona, como pesticidas a un enjambre de langostas, el hombre cayó también junto a su pueblo.

Sin Director de Sitio, y afectado por los temblores de una revolución ardiente, el Sitio-313 se desbandó, y el personal se esparció por todo el mundo. Por años, se hablaría de latinoamericanos de ojos brillantes, y sus temblorosos orígenes.


Sin darse cuenta, tres gotas largas se habían deslizado de su cara, cayendo sobre el vino. Sin darse cuenta, tomó el fondo que quedaba, y se relamió, disfrutando del gusto algo más salado.

Volvió la vista de la sala, para mirar la cara de la larga noche que se extendía en el horizonte. El brillo titilante de las estrellas le recordaba la mirada torcida y extraña de Vander, y sus ojos verdes profundos.

El silencio le permitió escuchar los pasos de una pareja borracha caminando fuera. Sus voces transtornadas por la venenosa sustancia chillaban y reían, como un violinista inexperto y un mal violín desafinado. Los oía con desprecio y pena, con algo de odio y resentimiento. Los años habían endurecido el corazón un día brillante y alegre de Andrey. La Fundación había producido un detective excelente. Golpeado su cuerpo a rojo fuego con un martillo, y a cada golpe se alejaban sus amigos, se morían o huían.

Pero también tenía un defecto que lo hacía humano. El defecto de sentirse solo. El defecto de que su alma resonase ante las risas de otros más felices en una noche de navidad. Como nostalgia, como nostalgia por amor, amor que nunca había tenido. En el reflejo del vaso se veía abrazando a una chica que nunca había conocido.


Borja Dowell y Alejandro Petrocchi nunca habían sido amigos.

Incluso en los mejores días del club, con risas resonando por el aire, se cruzarían las dos miradas y chispearían de resentimiento.

"¿Sabías que la franquicia Hot-Wheels tenía un auto de Darth Vader, hace como diez años?" - Diría un confundido Andrey, mirando su celular con media sonrisa.

"¿Y cómo era?" - Respondía Yerko, eternamente distraído en otra cosa. El resto del club estaba igual: tomando café o vino, sumergidos en responsabilidad u entretenimiento.

"Es como la máscara. Joder, ¿te imaginas que fuera el traje entero y el tipo tuviera que andar conectado al auto para sobrevivir?"

Y entonces respondería Borja, con una sonrisita socarrona. - "El primer equipo de soporte vital que además te permite atropellar minorías y protestantes."





Aquel rostro tenía un nombre que se escapaba a la memoria, perdiéndose en las profundidades de la historia. Pero para Andrey, el nombre era tan familiar y cercano como el de su padre, quizás más cercano aún.

Merlín. Merlín era el nombre

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